Música sin palabras. Memorias de Philip Glass

17/03/2017

“ Editorial Malpaso ”

Liberalia

 PHILIP GLASS: LA MÚSICA Y EL SILENCIO

Philip Glass, precursor del minimalismo y uno de los compositores más influyentes del siglo XX, publica sus memorias.
 
 
Cuentan que Albert Einstein no habló hasta que cumplió los tres años de edad. Podía, pero no quería. Sólo emitió sus primeras palabras cuando tuvo algo interesante que decir. Con la música de Philip Glass (Baltimore, 1937) sucede algo parecido. En sus composiciones suenan las notas esenciales y el silencio juega un papel tan importante como los sonidos que escuchamos. Porque el silencio no es sólo la ausencia de sonido.
 
El silencio también es música. En ocasiones retumba y nos afecta más que las notas más estridentes. Otras es tan reparador como la más dulce de las melodías. Precursor del minimalismo –etiqueta con la que nunca se ha sentido identificado– y considerado uno de los composiciones más influyentes del siglo XX, alcanzó el reconocimiento mundial en 1976 con su ópera ‘Einstein on the Beach’, que dedicó al padre de la Teoría de la Relatividad. Estaba a punto de cumplir los cuarenta y sólo a partir de entonces pudo vivir de la música. Durante las dos décadas anteriores, trabajó en una fábrica de clavos, arreglando tuberías, conduciendo taxis y camiones de mudanzas.“Nunca me molestó ganarme la vida como buenamente pudiera. Mi curiosidad por la vida se impuso sobre cualquier menosprecio que pudiera haber tenido hacia el trabajo”, cuenta en Palabras sin música’, un estupendo libro de memorias que acaba de publicar la editorial Malpaso.
 
 
 
Si Einstein observó el mundo a través de una lente particular –lo que hizo que llegara a lugares que otros ni siquiera se plantearon que pudieran existir–, Philip Glass ha escuchado al mundo con un oído propio, diferente. Como aquella vez que, en un viaje en tren hasta Chicago, encontró la inspiración en el ruido que hacían las ruedas sobre las traviesas de las vías. Entonces se dio cuenta de que “los sonidos de la vida cotidiana habían penetrado en mí casi sin darme cuenta”. Puso en cuestión el paradigma de lo que es o no es música y, al igual que Stravinsky y Schönberg, sufrió la incomprensión de los pioneros.
 
Entre 1964 y 1967, compuso en París música para ocho obras teatrales de Samuel Beckett. Cuando pidió la opinión de sus colegas franceses, éstos alabaron de manera unánime su calidad y atrevimiento, aunque apostillaron: “Pero esto no es música”.
 
Nació en el seno de una familia de inmigrantes judíos. Hijo de una bibliotecaria y el dueño de una tienda de discos, supo desde pequeño que su vida estaría relacionada con la música. Se sentía conectado a ella: “Sabía que ése era mi camino”. Así que, en 1957, tras graduarse en la Universidad de Chicago en Matemáticas y Filosofía, decidió trasladarse a Nueva York desoyendo los advertencias de su madre:Acabarás como tu tío Henry”, le dijo. El tal Henry era un músico itinerante que tocaba la batería en teatros de variedades y salas de baile que escasa reputación.“Eso es lo que realmente quiero”, contestó el joven Philip. En 1968 ofreció su primer concierto en el Queens College junto a antiguos compañeros de la Escuela Juilliard. A aquella actuación asistieron únicamente seis espectadores. Uno de ellos era su madre Ira, que había acudido expresamente en autobús desde Baltimore.
 
Ocho años después, Ira asistía al estreno de ‘Einstein on the Beach’ en el Metropolitan de Nueva York, el teatro de ópera más grande del mundo, con las localidades agotadas: “De alguna manera, de una manera milagrosa, ese hijo suyo, en cuya carrera debió de perder la confianza después de la debacle del Queens College, había visto cómo, a sus 39 años, le sonreía la suerte. Debió de ser un momento extraordinario para ella”.
 
 
 

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